viernes, 29 de mayo de 2009

Grupo de lectura "El Segundo Sexo" de Simone de Beauvoir

El Centro Interdisciplinario de Investigaciones de Género (CINIG) organiza una serie de encuentros para leer y debatir el libro "El Segundo Sexo" de Simone de Beauvoir, la obra que inaugura al feminismo como una teoría crítica (Beatriz Preciado dixit), necesaria en el más agudo y fortísimo sentido (sentido de urgencia) de la palabra, que no ha perdido ni un ápice de su movilizadora vigencia inicial. Las coordinadoras del grupo de lectura son Luciana Guerra y Silvana Sciortino y los encuentros se realizan en el aula 827 (8º piso) de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de la Plata (calle 48 entre 6 y 7). Dos lunes atrás (el 11/5), comenzamos a debatir sobre la introducción y la primera parte del libro, "Destino" (capítulos I, II y III). Aquí está el cronograma de los siguientes encuentros:


Segundo encuentro: LUNES 1º/6, 16 HS.

-Segunda parte: Historia (Cáp. I,II,III,IV)

Tercer encuentro: LUNES 15/6, 16 HS.

-Tercera parte: Mitos

Cuarto encuentro: LUNES 29/6, 16 HS.

-Cuarta parte: Formación (Introducción, Cáp. I,II,III,IV)


De cara al próximo encuentro (este lunes 1/6), estaría bueno repasar algunos de los conceptos más pregnantes de la segunda parte del libro. En el comienzo de "Historia", Simone de Beauvoir se propone indagar en los orígenes antropológicos de la histórica investidura de la mujer como la Otredad más hiperbólica de todas: aquella exterioridad decidamente ajena y extraña, excomulgada del continuo histórico por los hombres (sujetos históricos dinámicos que detentan la facultad de ratificar y modificar el curso de los acontecimientos históricos, la lógica social, consagrarse como entidades transformadoras del medio natural que los rodea) y confinada al monolítico estatuto del objeto ahistórico y perpetuo, eternamente decidida, hablada, modalizada por voluntades y conciencias masculinas En aquellas primeras sociedades humanas, la razón de ser de los regímenes matriarcales estaba fundamentada en la mítica homologación de la mujer a la Naturaleza (ya hemos visto cómo en "Destino", la clausura de la subjetividad femenina dentro de los despóticos contornos de la especie constituye el drama biológico e histórico primordial de la mujer): el hombre veneraba a la mujer porque le temía a la Naturaleza (el cuadro del individuo enmarcado en una convulsionada exterioridad ancestral, arrinconado a la más profunda de las orfandades existenciales), la mujer, al igual que la Naturaleza, era una matriz fértil y poderosa, cuya propia esencia (aquí la esencia funciona como una afirmación irrevocable de la extranjería divina dentro de un cuerpo, conciencia y voluntad situadas y subjetivizadas; se trata de la exterioridad condensada a modo de núcleo y acuartelada en los límites finitos de un sujeto individual) determinaba definitivamente la subsistencia del mundo humano. De este modo, vemos cómo la mujer es completamente separada de la dimensión social e histórica de los hombres, en su carácter providencial; al igual que una divinidad -forma suprema y mitificada de la Alteridad- es predestinada a destinar, pero no desde su voluntad o conciencia, sino desde una suerte de esencialismo suprahumano que le es atribuido.

Con el descubrimiento del útil material (el bronce), herramienta de conocimiento y transformación del medio natural, el hombre conquista definitivamente su entidad de sujeto histórico al cuestionar los designios oscuros y caprichosos de una exterioridad incierta que se lo envuelve (la Naturaleza, la divinidad). Consciente de su capacidad para trabajar la naturaleza a voluntad, el hombre reafirma su acción transformadora (internalizándola a modo de esencia, a modo de misión legitimadora) y se proyecta hacia la trascendencia, a través de un movimiento expansivo: el hombre se enfrenta enfáticamente a un exterior antes temido, que ahora se le ofrece como potencial terreno de conquista; armado del útil técnico (prótesis de un cuerpo y una conciencia situadas), el hombre trasgrede su propia caducidad corporal y vulnerable. Asistimos a la vindicación socio-institucional del hombre de guerra que transforma, se extiende, se impone hacia el afuera.

La lectura mítica de la mujer como matriz deja de legitimarla y se convierte en el motivo ontológico de su degradación frente a la orgullosa primacía del sujeto masculino, desplegando una antinomía elemental cuya vigencia no ha dejado de resonar en muchísimos gestos contemporáneos (principalmente, aquellos en los que se sustentan ejercicios de socialización básicos, la patria del sentido común, lugar de naturalización y difusión de muchos discursos de la opresión y la asimetría): el hombre produce/la mujer reproduce; el hombre construye a la historia/ la mujer permanece ajena al transcurso histórico; el hombre es artífice del cambio y de la acción/ la mujer es promesa de permanencia: el hombre se proyecta hacia la prosperidad (material, moral) de la trascendencia, la mujer es confinada a la esterilidad (material, moral) de la inmanencia. Hombre sujeto, mujer objeto. En una sociedad donde el guerrero y el pionero eran los estandartes del logro y la trascendencia humana, matar o morir (acciones-opuestas-complementarias que se desprenden de decisiones capitales de un sujeto que se afianza en cada una de ellas) adquiere un valor socio-institucional mayúsculo con respecto a la posibilidad de perpetuar la vida; la trascendencia pasa a ser considerada como la intervención sobre la vida misma (desafiando su finitud y fragilidad) y no su reproducción. Mientras que el hombre se expande, la mujer se constriñe, encuadrándose en los márgenes cada vez más restringidos de un objeto estático y deshumanizado.

La fuerza de esta dicotomía ha forjado históricamente una imagen de "eterno femenino" (sede simbólica de la opresión socio-económica y discursiva de la mujer a lo largo del tiempo): a la imagen de un hombre expansivo, colonizador, agresivo se le contrapone la figura (muchas romantizada, muchas veces denigrada, siempre cosificada) de una mujer resguardada hacia adentro, en su mundo interior (nuevamente, volvemos a la idea de matriz), fragilizada e inhabilitada al menor contacto con un afuera dinámico que, definitivamente, no le pertenece. El mito de la sensibilidad femenina (liviana, vulnerable, esencial) y el de la agresividad masculina (sólida, autodeterminada, transformadora) son ecos reificados de estas imágenes, históricamente construídas.

Inclusive esta dualidad fundamental recorre la médula de nuestra performatividad cotidiana (cómo nos enunciamos a nosotros y a los demás a partir de nuestra propia actitud corporal): el modo de sentarse "propio de los hombres" es expansivo, despatarrado, miembros extendidos, actitud relajada, segura y afirmativa de su propia presencia corporal; mientras que a las mujeres les corresponde sentarse cruzadas de piernas, rígidas y estoicas, censurando y anulando la presencia de su propio sexo, recluídas en sí mismas, patologizando su contacto con el exterior. En su muy recomendable "Género y Performance: tres episodios de un cybermanga feminista queer trans", Beatriz Preciado describe el trabajo de taller de la artista y performer norteamericana Diane Torr en1989, destacada por su propuesta de cuestionamiento y reaprendizaje corporal crítico y consciente de los modos de figurarse e interactuar de las mujeres y hombres en sociedad. Cito textualmente a Beatriz: "(...) Torr muestra que mientras un "verdadero" hombre se sienta con las piernas abiertas ocupando un máximo de espacio, una "verdadera" mujer cruza púdicamente las piernas hasta volverse cuasi-plegable. La masculinidad es, según este análisis performativo del cuerpo, un principio de extensión, mientras que la feminidad aparece como una obligación de pliegue, y en el límite, afirma Diane Torr, una forma de discapacidad y de invisililidad".

2 comentarios:

  1. ¡Aguante el Castor y Andreuski! Mientras las ostras de los fascículos de la enciclopedia "Life" se alimentan con paciencia, las ostras andreísticas se alimentan con rabia y pasión ;)

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